Hay peregrinos que llegan a la Praza do Obradoiro, abrazan la mochila, entran a la misa del peregrino y sienten, con toda claridad, que aquello todavía no ha terminado. Para ellos existe esta ruta. El Camino de Finisterre —o de Fisterra y Muxía, que es su nombre completo— es el único de todos los caminos jacobeos que no lleva a la tumba del apóstol: sale de ella.

El único Camino que se hace dándole la espalda a la catedral.

Son unos noventa kilómetros hasta el cabo, tres o cuatro jornadas por el interior de A Coruña que terminan de golpe frente al Atlántico. La costumbre es muy anterior al cristianismo: mucho antes de que nadie caminara hasta Compostela, los pueblos que vivían en este extremo de Galicia ya subían a estos acantilados a ver morir el sol. La Edad Media no inventó la peregrinación a Fisterra, solo la heredó, y la propia catedral de Santiago la promovió durante siglos como cierre devocional del viaje. Hoy la ruta está oficialmente reconocida por la Xunta, señalizada en los dos sentidos y cada vez más caminada.

El recorrido, tramo a tramo

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De Santiago a Negreira — dar la espalda a la catedral

Se sale del Obradoiro por la rúa das Hortas, y en los primeros cien metros ya ocurre algo que no pasa en ningún otro Camino: la catedral queda atrás. Cuesta más de lo que parece. Después de días o semanas caminando hacia esas torres, ponerlas a la espalda tiene algo de gesto deliberado, casi de decisión tomada en voz alta. La ciudad se deshace pronto en la carballeira de San Lourenzo, un robledal que baja hacia el río Sarela, y a partir de ahí Galicia vuelve a ser lo que era: aldeas, muros de piedra, hórreos y el olor a leña quemada.

El premio de la jornada llega a media tarde y se llama Ponte Maceira. Es un puente medieval de arcos desiguales sobre el río Tambre, con un molino, unas casas de piedra y una cascada al lado, y la leyenda cuenta que se derrumbó milagrosamente detrás de los discípulos del apóstol cuando huían de los soldados romanos. Es, sin discusión, uno de los rincones más fotografiados del Camino, y hay quien alarga la parada media hora sin darse cuenta. Después ya solo quedan unos kilómetros hasta Negreira, con el pazo do Cotón a la entrada del pueblo.

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De Negreira a Olveiroa — la jornada larga

Esta es la etapa que hay que respetar. Treinta y tres kilómetros por el interior de A Coruña, con muy pocos servicios entre medias y aldeas que se cuentan por casas: Zas, Vilaserío, A Ponte Olveira. No hay grandes subidas, pero el terreno ondula sin descanso y el día se hace largo si se sale tarde. Conviene llevar agua y algo de comida encima, porque no siempre hay dónde comprarlas.

A cambio, es también el tramo donde el Camino se queda en silencio. Aquí ya no hay flechas amarillas compitiendo por el espacio ni grupos que se saludan cada media hora: hay eucaliptos, vacas, algún tractor y muy poca gente. Quien viene del tramo final del Francés nota el contraste de golpe. Olveiroa, el destino, es una parroquia diminuta de arquitectura popular gallega restaurada, con hórreos, un albergue público instalado en casas rehabilitadas y poco más. Y eso es exactamente lo que tiene de bueno.

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De Olveiroa al Atlántico — Hospital, la bifurcación y la primera vista del mar

La tercera jornada empieza asomada al río Xallas, que discurre encajado entre la vegetación y que unos kilómetros más abajo protagoniza la fervenza do Ézaro: el único salto de agua de Europa que cae directamente al mar. Queda a unos diez kilómetros de Cee, fuera de la ruta, y hay quien coge un taxi por la tarde solo para verlo. La etapa termina con una de las escenas más recordadas de este Camino, pero antes hay que decidir.

Poco después de la aldea de Hospital, en el concello de Dumbría, una rotonda parte la ruta en dos: a la izquierda Fisterra, a la derecha Muxía. No hay respuesta correcta, y de hecho mucha gente acaba haciendo las dos cosas en distinto orden. Conviene aprovisionarse aquí, porque desde Hospital hasta Cee hay unos quince kilómetros sin un solo bar. Quien tira hacia Fisterra corona más adelante el alto do Cruceiro da Armada, a 247 metros, y se encuentra de frente, sin aviso, con el Atlántico entero abriéndose abajo: la ría de Corcubión, el cabo al fondo y, en los días claros, la línea del horizonte donde el mundo antiguo se terminaba. Es un momento que cala.

El descenso lleva a Cee y a Corcubión, dos villas marineras pegadas la una a la otra, y desde Cee quedan unos dieciséis kilómetros de costa, con la playa de Langosteira estirándose a la izquierda, hasta el pueblo de Fisterra.

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El cabo — los últimos tres kilómetros del mundo conocido

Del pueblo al faro hay tres kilómetros cuesta arriba por la ladera del monte Facho, y casi todo el mundo los hace por la tarde para llegar a tiempo del atardecer. Arriba está el mojón del kilómetro 0,000, el faro —encendido en 1853 sobre uno de los tramos de costa más peligrosos de Europa, con la luz a ciento cuarenta y tres metros sobre el mar— y una bota de bronce clavada en la roca. Y está, sobre todo, el océano, que aquí no tiene nada delante hasta América.

Los romanos creían que este era el punto más occidental de la tierra y le pusieron nombre en consecuencia: finis terrae. Se equivocaban por poco y por dos veces, porque el cabo Touriñán, a media hora hacia el norte, está más al oeste, y el cabo da Roca portugués lo está todavía más. Pero la geografía nunca ha podido con la fuerza de un nombre bien puesto. Aquí, mucho antes de que existiera el Camino, los pueblos que habitaban esta costa encendían hogueras y rendían culto al sol que se hundía en el agua cada tarde. Sentarse en esas rocas a ver ponerse el sol, en silencio y rodeado de gente que también calla, sigue siendo la mejor manera de entender por qué tanta gente decide seguir caminando después de Santiago.

La otra meta: Muxía y el santuario sobre las rocas

Muxía no es un premio de consolación. Es un pueblo pesquero de la Costa da Morte que termina en una punta de piedra batida por el mar, y ahí, casi dentro del agua, está el santuario da Virxe da Barca. La leyenda dice que la Virgen se apareció allí al apóstol Santiago navegando en una barca de piedra, y que las lajas que rodean el santuario son sus restos: la vela es a Pedra de Abalar, un megalito de nueve metros que se balancea si te subes encima. El templo ardió por completo la madrugada de Navidad de 2013, cuando un rayo alcanzó un transformador cercano, y reabrió reconstruido en mayo de 2015. Se llega desde Olveiroa en una sola jornada de unos 32 km, o desde Fisterra por la costa en unos 29 km, que pueden partirse durmiendo en la aldea de Lires. Quien hace este último tramo suele contarlo como el mejor día de toda la ruta.

Todas las etapas, una a una

Reparto del circuito completo en 5 etapas: Santiago, Fisterra y, para cerrar, Muxía por la costa. Quien solo quiera llegar al cabo puede juntar la 3 y la 4 en una sola jornada de unos 33 km, y quien vaya directo a Muxía sale de Olveiroa sin pasar por Fisterra en una etapa de unos 32 km.

Las cuatro formas de caminarlo

A diferencia del resto de rutas, aquí la pregunta no es dónde empezar —siempre es Santiago— sino hasta dónde llegar y en qué dirección:

RecorridoKm aprox.EtapasCertificadoPara quién
Santiago → Fisterra~90 km3-4FisterranaLa opción clásica: el faro, el km 0 y el atardecer.
Santiago → Muxía~86 km3MuxianaMás tranquila y con menos peregrinos; el santuario sobre el mar.
Santiago → Fisterra → Muxía~119 km5Las dosEl circuito completo, con el tramo de costa entre ambos cabos.
Muxía → Fisterra → Santiago~119 km5CompostelaLa ruta al revés: es la única forma de sumar la Compostela.

(Las distancias varían unos kilómetros según la guía que consultes y las variantes que tomes sobre el terreno.)

La letra pequeña: aquí no se expide la Compostela

Conviene saberlo antes de reservar nada. La Compostela se entrega a quien llega caminando a Santiago, y en este Camino Santiago es la salida, así que recorrerlo no da derecho a ella por mucho que se sellen los noventa kilómetros. Lo que sí se obtiene son dos certificados propios: la Fisterrana, que se recoge en Fisterra —en la oficina de turismo o en el albergue público, según la temporada—, y la Muxiana, que se retira en la oficina de turismo de Muxía. Para las dos hace falta la misma credencial de siempre, sellada al menos dos veces al día. Y hay una vuelta de tuerca para quien quiera las tres cosas: caminar la ruta al revés. Saliendo de Muxía, pasando por Fisterra y terminando en el Obradoiro se encadenan unos 119 km continuos hacia Santiago, por encima del mínimo exigido, y entonces sí. Fisterra sola no llega: se queda en unos 90 km.

Preguntas frecuentes

¿El Camino de Finisterre da derecho a la Compostela?

No. La Compostela se expide a quien llega caminando a Santiago, y aquí Santiago es el punto de salida. Lo que se obtiene es la Fisterrana en Fisterra y la Muxiana en Muxía. La única forma de sumar la Compostela es caminarlo al revés y encadenar más de 100 km continuos: Muxía, Fisterra y de ahí a Santiago.

¿Cuántos días necesito?

Tres etapas largas bastan para llegar a Fisterra, y cuatro si prefieres partir la última durmiendo en Cee. Si quieres cerrar el círculo hasta Muxía, calcula cinco. Es el epílogo perfecto para una semana de vacaciones.

¿Fisterra o Muxía?

Fisterra tiene el faro, el mojón del kilómetro cero y el atardecer más famoso de Galicia. Muxía tiene el santuario da Virxe da Barca sobre las rocas y bastante menos gente. Si tienes un día más, ve a los dos: el tramo que los une es de los más bonitos de toda la ruta.

¿Es una ruta difícil?

Media-baja en desnivel, pero con etapas largas: la de Negreira a Olveiroa ronda los 33 km y hay pocos servicios por el camino. Llegas con el cuerpo hecho de otro Camino, y eso ayuda.

¿Se puede quemar la ropa en el cabo?

No. Está prohibido y, además, no es una tradición antigua sino un invento reciente: las hogueras han provocado incendios en el cabo y dejan el entorno hecho un vertedero. Hay un contenedor junto al kilómetro cero para dejar las botas si quieres despedirte de ellas.

¿Cómo vuelvo a Santiago?

En autobús. Hay servicios diarios desde Fisterra y desde Muxía que tardan unas tres horas, con varias frecuencias al día. Conviene mirar los horarios con antelación, porque el último sale bastante pronto.

Ninguna norma obliga a caminar estos noventa kilómetros, y precisamente por eso los caminan tantos. Es el único tramo del Camino que no se hace para conseguir nada, sino para tener un sitio donde dejar de caminar por voluntad propia. Y no hay mejor sitio que ese: un acantilado, un faro y un océano que empieza justo donde se te acaban las piedras.